“Dios les da a Cristo como la base de su matrimonio. “Por lo tanto acéptense unos a otros, tal como Cristo los aceptó a ustedes, para que Dios reciba la gloria” (Rom. 15:7)… No insistan en sus propios derechos, no se culpen, juzguen o condenen mutuamente, no señalen sus defectos sino acéptense tal como son, y perdónense cada de todo corazón.” – Dietrich Bonhoeffer

El pensamiento de Bonhoeffer demuestra que el matrimonio humano es uno temporal que produce una imagen eterna. Cuando el matrimonio termine en esta vida, es decir cuando la muerte los separe, en la resurrección no existirá ningún matrimonio humano sino solo la realidad eterna: Cristo y la iglesia. Jesús dijo: “Porque en la resurrección, ni se casan ni son dados en matrimonio, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo” (Mateo 22:30). Así que, partiendo de esta realidad no ganamos nada eterno si insistimos en nuestros derechos, o en la culpa, ni al juzgar, condenarnos mutuamente, ni siquiera el señalar nuestros defectos. ¿O acaso Jesús le reclamará sus derechos a la iglesia, o la culpará, juzgará, condenará o señalará sus defectos? ¿Acaso lo hará la iglesia con Cristo? De ninguna manera porque esto viene a ser contrario a la ley y propósito de Dios. Colosenses 3:13 nos dice: “soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”. O sea, que debemos soportarnos y perdonarnos mutuamente de la manera que Cristo lo hace.

El matrimonio humano es uno que siempre tendrá conflicto debido al pecado de cada persona. Sin embargo el soportarnos y perdonarnos hace que los afectos florezcan cuando pensamos que es el fin de todo. Además Dios es glorificado porque de la manera en que Cristo lo hizo decidimos hacerlo. Si el fundamento de nuestra vida y matrimonio es Cristo, entonces debemos creer y confiar en Él. Al comprender que nosotros y nuestra pareja hemos sido comprados a precio de sangre, esto nos lleva a verlos como elegidos, apartados y amados por Dios (Piper 2009, 41). Así que sobre esta base se nos indica que: “entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia” (Col. 3:12). Dios nos manda a vestirnos en cada momento de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.

La tierna compasión es la condición interna que demuestra la bondad externa de nuestro comportamiento. Del mismo modo que la humildad se encuentra en la parte interna de nuestro corazón reflejando la mansedumbre como fruto externo en nuestras acciones. Así pues la paciencia como virtud del corazón reflejará externamente el perdón (Col. 3:13).

¿Recuerdas el día en que hiciste votos delante del Señor y mencionaste: “para tenerte y protegerte de hoy en adelante, para bien o para mal, en riqueza o en pobreza, en salud o enfermedad, para amarte, honrarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe. Y te prometo fidelidad”? Al pronunciar este pacto no sabíamos que nos depararía el futuro, pero Dios sí. En Su gracia y provisión Dios nos dejó promesas útiles que dicen que nunca nos dejará (Rom 8:28; Sal 23:6; 84:11).  “Por lo tanto acéptense unos a otros, tal como Cristo los aceptó a ustedes, para que Dios reciba la gloria” (Rom. 15:7).

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Referencias:

Piper, J. (2009). Pacto Matrimonial: Perspectiva Temporal y Eterna. Carol Stream, IL: Tyndale House Publisher.

Esposa de José Juan, madre de tres chicas jóvenes e hija de Dios que necesita recordar el gozo, propósito, contentamiento y plenitud que podemos tener en Cristo no importando las circunstancias.