Al contestar el teléfono su saludo fue: “pensé que se te había ahogado el celular en un balde de agua”. Estas palabras surgieron debido a que no me había comunicado con esta persona recientemente. Sin embargo, de lo que esta persona está ajena es de las luchas que enfrento cada día, aún en ese preciso momento en el que contesté la llamada. 

Muchas veces no imaginamos el poder que tienen las palabras. Las Escrituras, a través del libro de Santiago nos advierte acerca del uso adecuado de las palabras. Con ellas podemos edificar y bendecir a una persona o por el contrario podemos hundir su alma en el pozo de la desesperación hasta ahogarla. El creyente está llamado a edificar a otros con palabras amables y llenas de gracia, “que no injurien a nadie, que no sean contenciosos, sino amables, mostrando toda consideración para con todos los hombres” (Tito 3:2).

Por otra parte, la Palabra de Dios nos reconforta ante situaciones similares. Nos dice que somos hechura suya, creados para buenas obras (Efesios 2:10). Quizás estés pasando una situación parecida, en el que hayan ahogado tu alma. Te animo a que ante esto respondas con gracia y amabilidad como Cristo lo hizo. Aunque la otra persona no lo merezca. Dios nos llamó para hacer buenas obras y para que reflejemos a otros el amor de Cristo. Como dice Pablo a los Efesios: “Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo” (Efesios 4:32).

Para pensar:

¿Ahogo a otros con mis palabras o han ahogado tu alma?
¿Respondo con el amor y la gracia de Cristo a otros?
¿Qué cambios puedo hacer en la forma de tratar a otros?

Esposa de José Juan, madre de tres chicas jóvenes e hija de Dios que necesita recordar el gozo, propósito, contentamiento y plenitud que podemos tener en Cristo no importando las circunstancias.