“Me maravillo de que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente; que en realidad no es otro evangelio, sólo que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio contrario al que os hemos anunciado, sea anatema. Como hemos dicho antes, también repito ahora: Si alguno os anuncia un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. Pues quiero que sepáis, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según el hombre. Pues ni lo recibí de hombre, ni me fue enseñado, sino que lo recibí por medio de una revelación de Jesucristo.” – (Gálatas 1:6-12)

¿Qué es el evangelio?

El evangelio se trata de lo que Dios ha hecho, no yo. El evangelio le pertenece a Dios.

El evangelio no se centra en el ser humano, ni en la necesidad, ni en la culpa, ni en los sentimientos, ni en los deseos. El evangelio se centra en Jesucristo.

“Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano. Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;” – (1 Corintios 15:1-4).

Al leer las Escrituras en su contexto vemos que el Antiguo Testamento es la sombra del Nuevo Testamento. En otras palabras, el Antiguo Testamento es la fuente y ratificación del evangelio y de Cristo. Sin una revelación de Dios, el hombre viviría en un mito donde no tuviese conciencia de quién es Dios.  El término revelación se deriva del griego apokalupsis y se refiere a la manifestación de Dios al hombre de una característica antes desconocida en cuanto a su persona, obras y planes (Ex 6:3; Am 3:7; Jn 16:12–13; Ga 1:11–12; cp. Jn 15:15).

Cada parte de la Biblia es una revelación de Dios, puesto que se revela en ella conocimiento de Dios.  Esto puede verse en los profetas cuando utilizaron la frase: “Jehová ha dicho así”, ya que ellos conocieron de forma general y especial a Dios.  La revelación especial de Dios a través de la forma verbal, sueños y visiones marcaron a los profetas de forma especial.  Estas palabras dichas por los profetas no eran provenientes de estos sino que eran palabras directas de Dios.

“Pero ante todo sabed esto, que ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal, pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios.” – (2 Pedro 1:20-21)

Esta revelación especial era necesaria para la restauración del hombre pecaminoso.  Su propósito principal es mostrar el camino de la salvación y de restauración al hombre a través de la Palabra escrita y la Palabra Viviente.

Pablo nos dice que Jesús vino como la culminación y cumplimiento del plan de Dios en la historia según lo revela el Antiguo Testamento. Jesús es la confirmación de las promesas del Evangelio desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

“Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, que fue predicado entre vosotros por nosotros (por mí y Silvano y Timoteo) no fue sí y no, sino que ha sido sí en El.  Pues tantas como sean las promesas de Dios, en El todas son sí; por eso también por medio de El, Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros.” – (2 Corintios 1: 19-20).

Los profetas del Antiguo Testamento nos estaban sirviendo a nosotros: Isaías, Jeremías, Daniel, David, y el resto de los profetas escribieron acerca de Jesús, para que hoy día podamos reconocer a Jesús como el Cristo, el único y verdadero Mesías.

“Cuando Felipe se acercó corriendo, le oyó leer al profeta Isaías, y le dijo: ¿Entiendes lo que lees? Y él respondió: ¿Cómo podré, a menos que alguien me guíe? E invitó a Felipe a que subiera y se sentara con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era éste:

Como oveja fue llevado al matadero;

y como cordero, mudo delante del que lo trasquila,

no abre el su boca. En su humillación no se le hizo justicia;

¿quién contará su generación?

Porque su vida es quitada de la tierra.

El eunuco respondió a Felipe y dijo: Te ruego que me digas, ¿de quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo, o de algún otro? Entonces Felipe abrió su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció el evangelio de Jesús. Yendo por el camino, llegaron a un lugar donde había agua; y el eunuco dijo: Mira, agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? Y Felipe dijo: Si crees con todo tu corazón, puedes. Respondió él y dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carruaje; ambos descendieron al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó.” – (Hechos 8:30-38)

“Entonces Jesús les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras.” – (Lucas 24:25-27).

“Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió, a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza.”- (Romanos 15:4)

“Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a vosotros, diligentemente inquirieron e indagaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos, al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían. A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a vosotros, en estas cosas que ahora os han sido anunciadas mediante los que os predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas a las cuales los ángeles anhelan mirar.” – (1 Pedro 1:10-12).

Además al leer Hebreos 10:36 vemos que la promesa de Dios, que es Cristo, ha de venir y que no tardará (v.37). Teniendo esa fe en el Redentor, los antiguos sin ver la promesa del Cristo cumplida, obtuvieron un testimonio favorable delante de Dios porque creyeron en el Salvador. (Hebreos 11:40).

Si creemos en otro evangelio hemos creído en vano. Es más fácil darle forma a nuestro dios según lo que pensamos que debería ser y de esta forma no permitimos que las Escrituras en su integridad definan lo que es el evangelio. A nosotros nos corresponde creen en Jesús: el Cristo que Dios ha revelado en las Escrituras.

Esposa de José Juan, madre de tres chicas jóvenes e hija de Dios que necesita recordar el gozo, propósito, contentamiento y plenitud que podemos tener en Cristo no importando las circunstancias.

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