Somos tentados a pensar en el avivamiento, como un tiempo —principalmente— de felicidad, bendición, plenitud, excitación, entusiasmo, asombro y sobreabundancia y —en su momento lo será. Queremos un avivamiento sin dolor. Queremos un avivamiento que nos haga reír, por así decir; pero los caminos de Dios muestran que el camino hacia arriba es hacia abajo. Un líder del avivamiento de Borneo, en 1973, nos lo recuerda: “los avivamientos no empiezan con alegría y con todo el mundo pasándola bien. Empiezan con un corazón roto y contrito.”

Como puedes ver, no nos encontraremos con Dios en un avivamiento hasta haberlo conocido en medio del quebrantamiento. La epístola de Santiago nos recuerda en el capítulo 4, versículo 8: “Acercaos a Dios, y El se acercará a vosotros”, [pero hay un proceso] Primero, “Limpiad vuestras manos, pecadores; y vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones.” (4:8) Límpiense sus manos, pecadores; purifiquen sus corazones, gente de doble ánimo. Sean quebrantadas, laméntense y lloren: “Dejen que su risa se torne en llanto y vuestro gozo en tristeza”. Primero, “Humillaos en la presencia del Señor,” y luego “El las exaltará.” (Versículos 8-10, parafraseado).
Ahora, hay algunas a quienes no les interesa mucho pensar en el quebrantamiento y pienso que quizás se deba a que tenemos un concepto erróneo de lo que esté realmente significa. Nuestra idea del quebrantamiento y la idea que Dios tiene de este pueden ser muy diferentes.

Tenemos la tendencia, por ejemplo, de pensar que el estar quebrantada implica estar triste, melancólica y abatida; nunca sonriendo, nunca riendo o siendo mórbidamente introspectivas al tratar de desenterrar nuevos pecados para confesar.

Algunas entienden el quebrantamiento como una especie de falsa humildad en la que continuamente nos estamos echando a menos. Para otras, la palabra quebrantada evoca imágenes profundamente emotivas y el derramamiento de muchas lágrimas. Quiero decirles esta mañana que pueden derramarse muchas lágrimas sin que haya quebrantamiento, y, en algunos casos, puede producirse un quebrantamiento genuino sin derramar lágrimas.

Hay otras que relacionan el quebranto con circunstancias profundamente dolorosas en sus vidas, pero reitero que es posible sentir un gran dolor sin haber experimentado un quebranto genuino. El quebrantamiento no es un sentimiento. No es una emoción. Es una elección que yo hago.

Es un acto de mi voluntad. El quebrantamiento no se limita a una experiencia o a una crisis en mi vida, aunque éstas estén allí. El quebrantamiento es más bien una forma continua de vida. Es un estilo de vida en el que me pongo de acuerdo con Dios sobre la verdadera condición de mi corazón y de mi vida; sobre la manera como Él la ve.

Es un estilo de vida en el que le rindo, incondicionalmente, la totalidad de mi voluntad a Dios. Es un estilo de vida en el que digo “Sí, Señor. Que se haga Tu voluntad y no la mía”. El quebrantamiento es un estilo de vida en el que se responde con humildad y obediencia a la convicción del Espíritu de Dios y a la convicción de Su Palabra. Como Su convicción es continua, así también debe ser mi quebrantamiento.

Hay magníficas ilustraciones de personas quebrantadas en las Escrituras y frecuentemente esas ilustraciones son contrastadas con las vidas de personas que no lo fueron. Piensa, por ejemplo, en dos reyes del Antiguo Testamento que se sentaron en el mismo trono:

Uno cometió pecados flagrantes contra el corazón de Dios. Cometió adulterio, mintió, cometió asesinato para ocultar su pecado y, luego, vivió —por un largo período de tiempo— ocultando su traición contra Dios y contra su pueblo. A pesar de todo, la Escritura describe al rey David como un hombre conforme al corazón de Dios.

Ahora, piensa en el rey que le precedió, el rey Saúl. Sus pecados, de acuerdo a nuestros parámetros, no se comparan ante la gravedad de los del rey David. A nuestro modo de ver, Saúl sólo fue culpable de una obediencia a medias, y sin embargo, como consecuencia de su pecado perdió su reino y su familia fue destruida. ¿Por qué esta diferencia?

Los dos hombres fueron confrontados por profetas por causa de sus pecados. Los dos dijeron verbalmente “He pecado”, pero cuando el rey Saúl confesó su pecado lo hizo culpando al pueblo, defendiéndose a sí mismo y poniendo excusas. Al momento de confesar, agregó un “por favor no se lo digas al pueblo”.

Saúl lo ocultó, mientras que el Rey David —al ser confrontado con su pecado— confesó y cayó de rodillas delante Dios. La evidencia de cuán roto quedó su corazón y la profundidad de su dolor quedaron plasmados para que todo el mundo lo supiera en los Salmos de contrición que tenemos en las Escrituras hoy en día.

Una persona verdaderamente quebrantada no le importa quién lo sepa o no. Dios no estaba tan preocupado con la naturaleza del pecado en sí, tanto como con la actitud de corazón y la respuesta de estos hombres al ser confrontados con su pecado.

Más adelante, en el evangelio de Lucas, encontramos ilustraciones maravillosas que contrastan a una persona quebrantada de otra que no lo está. Recuerda la parábola de Jesús en la que habla a aquellos quienes, confiados en su propia rectitud, miran por encima del hombro a todos los demás.

Él habló de dos hombres que vinieron al templo a orar. Seguramente recuerdas el ejemplo de este fariseo, en Lucas capítulo 18. Estando en pie, la Escritura dice que oraba para sí mismo diciendo “Oh Dios, te doy las gracias porque, en comparación con otros pecadores que conozco, yo estoy muy bien.”

Las personas orgullosas se comparan con los demás. Allí, a su lado, estaba un pobre cobrador de impuestos —del que nadie quería saber— que no podía ni levantar sus ojos al cielo; y que al ser confrontado por la santidad de Dios, se daba golpes al pecho al tiempo que decía “Ay, Dios, lo único que puedo pedirte es que tengas piedad porque soy un pecador.” ¿Ves la diferencia? El rehusó justificarse y prefirió justificar a Dios.

En Lucas, capítulo siete, leemos la historia de cuando Jesús fue invitado a cenar a casa de Simón, el fariseo. La Escritura nos habla de una mujer que, al escuchar que Jesús estaba allí, fue y entró sin haber sido invitada. Esta mujer era bien conocida en todo el pueblo por su mala reputación y la forma pecaminosa como vivía. Entró a la casa, llevando en las manos un frasco de alabastro que contenía perfume

Fue inmediatamente a los pies de Jesús, quien estaba reclinado para cenar, y la Escritura dice que“ poniéndose detrás de Él a sus pies llorando” (v.38, LBLA).. Notarás que todo lo que esta mujer hizo lo hizo ‘a los pies de Jesús’.

Ella se paró allí detrás de Él llorando —vivo retrato del arrepentimiento y del quebrantamiento que ya sentía en su corazón desde antes de entrar en aquella casa. Al empezar a derramar sus lágrimas sobre los pies de Jesús, ella se postró para secarlos con sus cabellos —un reflejo del perdón que ella misma había experimentado cuando Jesús limpió su corazón pecador.

Luego, ya sintiendo su corazón liberado, y sin importarle quienes estaban a su alrededor se inclinó aún más para besar sus pies, para adorarlo y para amarlo, derramando todo el perfume del frasco de alabastro en sus pies, olvidándose de todos los que estaban en aquella habitación. Todo lo que le importaba era Jesús y ella se postró a Sus pies con un espíritu quebrantado y contrito.

Mientras tanto, Simón el fariseo — es un vivo retrato del hombre orgulloso y arrogante— se incomoda con todo lo que está sucediendo y dice para sí “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora.” (Verso 39, LBLA)

Cuando de hecho, Jesús no sólo sabía la clase de mujer que era, sino que también sabía qué clase de pecador era él. Jesús le habló, como recordarán, y le dijo, “Simón, tengo algo que decirte: y él le contestó: Di, Maestro” (versículo 40, LBLA)

A lo que Jesús le respondió con esta historia: Cierto prestamista tenía dos deudores. Uno le debía mucho dinero y el otro una cantidad insignificante. Ninguno de los dos podía pagarle por lo que el prestamista les perdonó la deuda. Habiendo dicho esto, Jesús le pregunta a Simón, “¿cuál de ellos le amará más?” Y Simón contestó “supongo que al que se le perdono la deuda más grande” (versículos 41-43, parafraseados).

Jesús le dijo: “Has juzgado correctamente”, pero hay algo que no has entendido sobre Mí “Y volviéndose a la mujer, le dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para los pies [una cortesía muy común de la época], pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. Simón, No me diste beso [que era una forma usual de saludarse], pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama” (versículos 43-47, LBLA).

¿Supones que Simón tenía que ser perdonado por menos que esta mujer de la calle? No lo creo. Los dos eran pecadores. La única diferencia era que ella sabía que lo era y Simón —en la ceguera y en el orgullo de su corazón– no podía verse como un pecador necesitado.

Una ilustración más del evangelio de Lucas, en el capítulo 15. Jesús dio tres parábolas: habló primero de la oveja perdida, luego de la moneda perdida y —por último— del hijo pródigo. Él contó cómo de dos hermanos, el más joven poseedor de un corazón orgulloso, rebelde, terco y perverso, tomó su parte de la herencia y se fue a una tierra lejana para gastarlo todo en una vida desenfrenada; pero después de haberlo dilapidado todo, empezó a verse necesitado.

A menudo, nuestra necesidad es la que nos lleva al camino del quebrantamiento y del arrepentimiento. Ahora, siendo pobre e indigente, este joven dice la Escritura que se quebrantó. En medio de su quebrantamiento, pudo reaccionar. Volvió en sí y admitió —con toda honestidad— su verdadera condición.

El dijo, (15:18) “Me levantaré e iré a mi padre”. [Este es un paso de arrepentimiento, el dejar su propio camino y tomar el camino del padre] y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; (fue a su padre con determinación y, a pesar de que el padre no le dio la oportunidad de hablar) le dijo, “ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores” (15: 18-19, LBLA)

Esa es la actitud. La humildad de corazón de alguien que ha sido quebrantado. Y ya sabes cómo el padre recibió a su hijo y lo abrazó. El corazón de Dios Padre anhela, le da la bienvenida y abraza a pecadores que se acercan con corazones quebrantados.

También había un hermano mayor. La Escritura nos dice en el versículo 25 de Lucas 15 que el hijo mayor estaba en el campo; que era un buen muchacho y estaba haciendo lo que se suponía debía hacer.

Aquí tenemos al hijo fiel y trabajador, laborando en el campo. Se acerca a la casa y oye música y baile. En lugar de ir a la fuente (para ver lo que estaba pasando en realidad) se dirige a un sirviente y le pregunta “¿Qué pasa?”

El sirviente le cuenta los hechos, pero no la verdad. Las personas arrogantes y orgullosas no quieren oír la verdad. El sirviente le dijo “tu hermano consentido volvió y tu papá le armó una fiesta de bienvenida”. Él no le dijo: “Tu hermano, ¿te acuerdas que cuando se fue su actitud era de superioridad, sintiéndose todopoderoso? Ha regresado, pero ya no es el mismo.

“Ha sido quebrantado. Ha regresado humilde y arrepentido. No ha comido desde hace mucho tiempo. Ha tocado fondo y ahora su corazón está quebrantado. Tu padre lo ha perdonado y por eso, la celebración.”

El padre, al enterarse de la ira del hermano mayor, se fue de la fiesta. Me han dicho que en una familia judía, cuando el padre se va, hay que parar la fiesta en lo que se resuelve el problema —en este caso, el asunto con el hijo orgulloso y altivo. ¿No les suena parecido a los ministerios, iglesias y congregaciones de hoy en día? No hay celebración ni gozo porque tienen que lidiar con toda esta gente orgullosa, altiva, airada y resentida.
Dios se ofende más —a mi entender— por un espíritu altivo, un porte altanero, ojos arrogantes y espíritu indomable que por el sodomita, la prostituta, el adúltero, el asesino o la que comete aborto, porque con frecuencia esas personas que están tan envueltas en los pecados de la carne saben que son pecadoras; pero aquellos de nosotros que somos como este hermano mayor, líderes respetables, fariseos aquellos que lo tienen todo en orden y bajo control, a veces se les dificulta reconocer la verdadera necesidad que tienen en sus corazones.

En las últimas semanas, he encontrado que Dios está escudriñando mi propio corazón. He acudido a Él muchas veces y le he dicho “Oh, Señor, enséñame lo que significa ser una persona quebrantada, a llevar un estilo de vida de quebrantamiento”. ¿Cuáles son algunas de las características y evidencias de un espíritu orgulloso y rebelde? Voy a compartir con ustedes algunas que me han llegado al corazón mientras buscaba al Señor con relación a esto:

Las personas orgullosas se enfocan en los fracasos de otros, mientras la gente quebrantada se siente abrumada con sus propias necesidades espirituales.

Las personas orgullosas tienen auto-rectitud. Tienen un espíritu crítico, que busca las faltas en los demás. Miran las fallas de los demás bajo un microscopio, pero las propias con un telescopio. La gente quebrantada es compasiva. Puede perdonar porque sabe lo mucho que le ha sido perdonado. Piensa lo mejor de los demás y los estiman más que a ellos mismos.

Las personas orgullosas tienen la necesidad de probar que están en lo correcto, mientras que las quebrantadas están dispuestas a ceder ese derecho a estar en lo correcto.

Las personas orgullosas protegen su tiempo, sus derechos y su reputación. La quebrantada se niega a sí misma.

Las personas orgullosas desean que se les sirva, mientras que las quebrantadas se sienten motivadas a servir a los demás.

A las personas orgullosas les gusta ser reconocidas y apreciadas. Se sienten heridas cuando otros son promovidos y ellos son pasados por alto. La gente quebrantada, en cambio, está consciente de su falta de mérito. Se siente emocionada si Dios la usa en algún ministerio. Están deseosos de que otros obtengan el crédito y se regocijan cuando otros son exaltados.

Las personas orgullosas tienen la idea —en su subconsciente— de que “es un privilegio para este ministerio el tenerme a mí y a mis dones”. La gente quebrantada tiene en su corazón una actitud que reconoce que no merece ser parte del ministerio y la noción de que no tiene nada que ofrecerle a Dios excepto la vida de Jesucristo fluyendo a través de sus vidas quebrantadas.

Las personas orgullosas se sienten confiadas de lo mucho que saben, pero las quebrantadas son humildes en reconocer cuánto les falta por aprender.

Las personas orgullosas están muy conscientes de sí mismas, mientras que la gente quebrantada no se preocupa por su persona en lo absoluto.

Las personas orgullosas se apresuran a culpar a los demás, pero la gente quebrantada acepta la responsabilidad de sus acciones y puede identificar lo que hizo mal.

Las personas orgullosas se ponen a la defensiva cuando son criticadas, en cambio —la quebrantada— recibe la crítica con apertura de espíritu y humildad.

Las personas orgullosas se preocupan por ser respetables. Se preocupan por lo que piensan los demás y trabajan para proteger su imagen y su reputación. La quebrantada, en cambio, se preocupa por ser genuina. Lo que le interesa y preocupa no es lo que los demás piensen, sino lo que Dios sabe de ellos. Está gente está dispuesta a perder su propia reputación.

Las personas orgullosas, cuando pecan, se aseguran de que nadie se entere. Su instinto es el de encubrir sus faltas, pero la gente quebrantada —cuando ha sido quebrantada— no le importa quién lo sepa ni quien se entere. Está dispuesta a quedar expuesta porque ya no tiene nada que perder.

A las personas orgullosas se les hace difícil admitir que “estaban equivocadas y pedir perdón. En cambio, la quebrantada, admite rápidamente su falta y pide perdón cuando es necesario. Al confesar su pecado, las personas orgullosas tienden a hablar de generalidades, pero la quebrantada, bajo la convicción del Espíritu de Dios, reconoce faltas específicas.

Las personas orgullosas se preocupan por las consecuencias de sus pecados, pero la persona quebrantada se aflige por la causa, la raíz del pecado.

Las personas orgullosas sienten remordimiento por sus pecados y se lamentan cuando son descubiertos. La quebrantada, se arrepiente genuinamente de su pecado y, lo evidencia, abandonándolo por completo.

Cuando ocurre un malentendido o un conflicto, las personas orgullosas esperan a que el otro venga a pedir perdón, pero la quebrantada toma la iniciativa y busca la reconciliación. Corre a la cruz. Se esfuerza por llegar primero sin importarle lo equivocado que pueda estar el otro.

Las personas orgullosas están ciegas y no ven la condición real de su corazón, pero la persona quebrantada camina en la luz.

Las personas orgullosas no creen tener nada de qué arrepentirse, pero la quebrantada se da cuenta de que su corazón tiene que estar en continua actitud de arrepentimiento.

Las personas orgullosas, no creen que necesitan de un avivamiento, pero aseguran que todos los demás sí. Por el contrario, la gente quebrantada, siente la necesidad de tener encuentros frescos con Dios y de mantener una llenura fresca de su Espíritu en el corazón. 

Tomado de Aviva Nuestros Corazones

Esposa de José Juan, madre de tres chicas jóvenes e hija de Dios que necesita recordar el gozo, propósito, contentamiento y plenitud que podemos tener en Cristo no importando las circunstancias.